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Microrrelato · Del catálogo de Margen

La luz de enfrente

Desde que vivía solo, Andrés apagaba la lámpara a las doce menos algo. En el edificio de enfrente, una ventana del tercero se apagaba en el mismo instante. No era una señal, se decía: era una coincidencia amable, dos insomnios con el mismo horario. Le cogió cariño, como se le coge cariño a un semáforo que siempre te toca en verde.

Un martes decidió comprobarlo. Dejó la lámpara encendida a las doce. A la una. A las tres. La ventana de enfrente aguantó encendida, exacta, sin un parpadeo, como si también estuviera esperando.

Por la mañana bajó a preguntar. La portera del edificio de enfrente se encogió de hombros: el tercero llevaba años vacío, desde lo de la señora Elvira. No quedaban ni muebles, dijo. Ni bombillas.

Esa noche Andrés apagó la lámpara a las doce menos algo. Enfrente, la luz tardó un segundo más de lo habitual en apagarse. Un segundo exacto. Lo justo para que quedara claro quién acompañaba a quién.