
En 1918, en plena Guerra Mundial, una gripe letal empezó a tumbar soldados en los dos bandos. Pero los países en guerra censuraban sus periódicos: admitir una epidemia era regalar información al enemigo y hundir la moral de las trincheras.
España era neutral y su prensa contaba lo que veía: hospitales llenos, teatros cerrados y hasta el rey Alfonso XIII en cama. Para el resto del mundo, que solo leía noticias de la epidemia fechadas en Madrid, la conclusión parecía obvia: aquello venía de España.
Los historiadores todavía discuten el origen real: un campamento militar de Kansas y el norte de Francia son los candidatos con más papeletas. Lo único seguro es que España no fue.
Cien años después, el nombre sigue ahí. Fue el castigo por ser el único país que contó la verdad.