Microrrelato · Del catálogo de Margen
Mi abuela salió en las cuatro pantallas del hospital

Mi abuela Consuelo tiene 84 años, un móvil viejo y una parálisis facial que le llegó en marzo. Está ingresada en la 703 y no le gusta que la vean sin sonreír. Le enseñé WhatsApp Web para que escribiera cómoda desde la tablet.
Le puse la cuenta también en mi portátil, en el móvil de mi tío Sergio, que es aparejador y no toca las notificaciones, y —sin querer— en el ordenador de guardia de la enfermera Marta, que había pedido enseñar una foto de su nieto. Nadie cerró sesión en ningún sitio.
A las siete, Marta le enseñó mi portátil al doctor Cea para consultarle otra cosa. En el control de enfermería, tres pantallas mostraban a la vez el nombre de Consuelo en la lista de chats abiertos. En la cuarta, alguien le estaba escribiendo desde la cocina del hospital.
Fui a la 703 para avisarla. Estaba dormida, con la tablet encendida en la mesilla y su cara —imponente, sin sonreír— también ahí.
—Ay, hijo —dijo cuando le conté el estropicio, sin abrir del todo los ojos—. Nunca me habían fotografiado tanto.