
En la biblioteca había un libro que nadie conseguía sacar: cada vez que alguien lo pedía, el bibliotecario decía que ya estaba prestado.
Insistí durante meses. Un día, harto, me dijo la verdad: el libro lo tenía yo. Lo había devuelto, según el registro, dentro de cuarenta años.
En la ficha, con una letra temblorosa que era la mía pero más vieja, había una nota: «No lo leas todavía».