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Relato · Del catálogo de Margen

Valentín llama a siete personas para quitarles la fecha

MIÉRCOLES, 16:40

El último número de la hoja lo marca a las cinco menos veinte. Valentín Pedrosa lleva veintitrés años en el servicio de admisión del hospital comarcal de Valdemoral y tiene la costumbre de dejar para el final la llamada que peor va a ir.

—Doña Obdulia, buenas tardes. Soy Valentín, del hospital. Hablamos el viernes.

—Ay, Valentín. Si ya tengo la bolsa hecha y todo.

Eso es lo peor, y llega en el segundo cuarenta.

Lo explica como lo ha explicado seis veces esta mañana, intentando no decir «sistema» ni «criterio» ni «índice». Que la lista de operaciones de rodilla se ordena desde esta noche de otra manera. Que antes se ordenaba por el tiempo que llevaba cada uno esperando y ahora se ordena por lo mal que está cada uno. Que su nombre estaba entre los siete primeros el viernes y esta mañana ya no lo está. Que el jueves 23 no la operan.

—¿Y cuándo me toca ahora?

—No lo sé, doña Obdulia. Eso depende de cómo entre la gente por delante.

—Pero el viernes lo sabía usted.

—El viernes lo sabía.

Obdulia Bragado cumple setenta y nueve en enero. Camina con un bastón de aluminio que le dieron en el centro de salud y tiene a su hija en Zaragoza, con un billete de avión comprado para el día 22. No dice nada. En el display del teléfono, el contador de la llamada pasa de los dos minutos y Valentín no lo rellena.

—¿Y el que entra en mi sitio ya lo sabe?

—Sí. Esta mañana.

—Pues entonces está bien.

A las cinco menos cinco, Valentín cuelga y hace la última raya en la hoja. En la columna de al lado tiene anotado, con su letra, lo que ha pasado en cada llamada: dos lloraron, uno lo insultó a él personalmente, tres colgaron sin despedirse y una dijo que entonces está bien.

MIÉRCOLES, 11:15

Al cuarto de la hoja le coge el teléfono su mujer y tarda en ponerse. Fermín Olmedilla tiene un taller de chapa y pintura con un empleado, en un polígono a doce kilómetros, y el viernes pidió dos semanas de baja prevista.

—Ya está el chaval contratado para cubrirme. Firmé el viernes por la tarde.

—Lo sé. Lo siento.

—No, perdone. Usted el viernes no lo sabía. —Se oye una radio y un compresor—. ¿Me puede dar algo por escrito?

—Le puedo dar un justificante del hospital con la fecha de hoy y la explicación entera. Lo tengo firmado esta tarde.

—¿Con sello?

—Con sello y con mi nombre.

—Mándemelo al taller, no a casa.

Y antes de colgar:

—¿Usted lleva muchas de éstas hoy?

—Siete.

—A ver cómo le acaba el día.

A las once y media, Valentín pide a la supervisora de la unidad que le autorice siete justificantes con el mismo texto. Se los firma en veinte minutos, y es lo más rápido que se mueve nada en toda la semana.

MIÉRCOLES, 08:05

Enciende el ordenador antes de quitarse el abrigo. La lista de espera quirúrgica de traumatología tiene mil ciento cuarenta nombres y ocupa cincuenta y seis pantallas. Baja hasta donde estaba el viernes el nombre de Obdulia Bragado, que era el puesto seis, y no está. Lo busca por el número de historia y aparece en el cuatrocientos doce.

Arriba, entre los siete primeros, hay siete nombres nuevos. El tercero es una mujer de cuarenta y seis años con un índice de setenta y uno sobre cien que llevaba catorce meses en el puesto trescientos ochenta y ocho.

Valentín comprueba si el programa se ha equivocado. Abre el registro de la tarea nocturna, saca los dos listados —el de ayer y el de hoy— y los compara línea a línea durante hora y cuarto.

El programa ha hecho exactamente lo que se le ha pedido.

MIÉRCOLES, 00:00

No hay nadie en el edificio salvo urgencias y el de seguridad. La tarea programada tarda noventa segundos en reordenar mil ciento cuarenta nombres por el índice de prioridad clínica en lugar de por la fecha de entrada en lista.

A las cero horas y noventa segundos la tarea deja una línea en el registro y se apaga.

MARTES, 18:40

Le cuesta cuarenta minutos y tres transferencias conseguir hablar con una persona de verdad en el área de salud. Pregunta una sola cosa: si los siete que ya tienen fecha dada la conservan.

La mujer del otro lado abre la instrucción y la va leyendo por encima en voz alta. Dice que ahí no pone nada de eso. Ella le pregunta si consta algún régimen transitorio, y Valentín, que se la sabe de memoria desde el lunes a las ocho y diez, le contesta que no consta.

—Entonces no.

—¿Y quién los avisa?

Hay una pausa corta, la de alguien que mira un organigrama.

—Pues ustedes. ¿Quién les dio la fecha?

Valentín cuelga, baja a la máquina, sube con un café que no se bebe y hace la hoja cuadriculada: los siete nombres, los siete teléfonos y, al lado de cada uno, la hora a la que los llamó el viernes. La pone en el mismo orden del viernes, para que Obdulia Bragado, que fue la última en recibir la buena, sea también la última en recibir la otra.

LUNES, 12:00

—Dame los siete nombres del viernes y los llamo yo.

Amanda Quintanar, traumatóloga del hospital desde hace nueve años, está de pie en la puerta del despacho de admisión con la bata abierta y una carpeta debajo del brazo. Lleva dos años pidiendo por escrito que la lista se ordene por índice de prioridad y no por antigüedad. El viernes, sin saberlo todavía, ganó.

—No.

—Valentín, el cambio lo he pedido yo. Déjame dar la cara.

—Y las fechas las di yo. Por teléfono, el viernes a mediodía, uno por uno. —Cierra la pantalla—. ¿Tú sabes cuánta gente te da las gracias por teléfono en veintitrés años?

Quintanar deja la carpeta en la mesa y no la abre.

—Sé que vas a tener el peor miércoles de tu vida y que lo vas a tener por algo que pedí yo.

—Los llamé yo. Es lo único que estoy diciendo.

—Vale. —No se mueve de la puerta—. Pero quiero que sepas de dónde salen esos siete huecos, porque llevo dos años sabiéndolo y nadie me lo ha preguntado. Tengo una paciente de cuarenta y seis años que no puede subir a su casa desde enero. Lleva catorce meses en la lista y, cada vez que entra alguien con más antigüedad, ella baja un puesto. Con el criterio viejo la operan en 2028.

—¿Y con el nuevo?

—El jueves 23.

Valentín se queda mirando la carpeta cerrada porque no tiene a quién nombrar.

—Pregúntame ahora tú de quién saco yo los siete huecos —dice ella, y lo dice cansada, sin ganas de ganar—. Es lo que yo no he podido contestar en dos años. Por eso pedí el cambio.

Se vuelve a poner la carpeta debajo del brazo y sale sin cerrar la puerta.

—Setenta y uno —dice desde el pasillo—. Por si el jueves quieres saber quién entra.

LUNES, 08:10

La instrucción llega a las ocho y diez en un correo con un PDF de cuatro páginas. Se aplica a partir de las cero horas del miércoles. La lista de espera quirúrgica se ordenará por un índice de prioridad clínica de cero a cien que suma el dolor declarado, la limitación de movimiento medida en consulta y lo que la articulación le impide hacer a esa persona en su casa, y dejará de ordenarse por la fecha en que cada paciente entró en la lista.

Valentín lo lee dos veces. La segunda, despacio, buscando la palabra «transitorio».

Lo primero que hace, antes del café, es abrir la hoja del viernes.

VIERNES, 13:50

Siete huecos de quirófano para las tres semanas siguientes y siete nombres por orden de antigüedad en la lista. Valentín lleva llamando desde las nueve y cinco y va por el último. Esta es la parte del trabajo por la que aguanta el resto: una llamada de tres minutos en la que la gente se pone a dar las gracias a un administrativo.

—¿Doña Obdulia Bragado?

—Soy.

—Le llamo del hospital comarcal de Valdemoral, del servicio de admisión. Es por la rodilla derecha. Tenemos fecha.

Al otro lado se oye el roce del auricular contra algo, y una silla.

—El jueves 23, ingreso a las ocho de la mañana, en ayunas desde las doce de la noche. Le llegará la carta el martes, pero se lo adelanto por teléfono porque hay gente que la carta la recibe tarde.

—Jueves 23.

—Jueves 23.

—Espere, espere. ¿Me lo repite despacio, que lo apunto en el calendario de la cocina?