
Los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky lo midieron en los años setenta: perder 100 € duele, de media, en torno al doble de lo que alegra ganar 100 €. Lo llamaron aversión a la pérdida, y probablemente es el sesgo que más dinero cuesta.
Sus síntomas son fáciles de reconocer. Vender en pánico cuando la bolsa cae, convirtiendo una pérdida temporal en definitiva. Aferrarse a una mala inversión «hasta recuperar lo mío». O el más caro de todos: no invertir jamás para no perder nunca, mientras la inflación descuenta valor año tras año sin pedir permiso.
No puedes desinstalarte el sesgo, pero puedes diseñar a su alrededor: automatiza las aportaciones, mira la cartera pocas veces al año y fija tus reglas antes de la tormenta, no durante. Contra un cerebro antiguo, procedimientos modernos.