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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

En la carpeta de 1998 hay ochenta y siete firmas

Antes: el 803 hace doce viajes sin pasajeros y el 31 levantan la vía. Amelia y Puri subieron con billetes de 1998 sin picar.

Quedan diez noches. Olalla Berruezo, revisora del 803 desde hace once años, llegó a la estación de Ribadeña a las seis de la tarde, cinco horas antes de su turno, con el uniforme ya puesto para que aquello no pareciera una visita personal.

Casilda Trigo, jefa de estación de Ribadeña, estaba bajando la persiana de la taquilla.

—No vendo —dijo sin volverse—. Desde el lunes no vendo. Lo pone en el cartel, lo pone en la página y lo he explicado once veces esta semana.

—No vengo a comprar. Vengo por 1998.

La persiana se quedó a media altura.

Casilda tenía cincuenta y nueve años y una teoría sobre el archivo: que un papel mal guardado es un papel perdido, y que la comarca entera se había ido perdiendo así. Levantó la persiana del todo, abrió la puerta lateral y encendió el fluorescente del cuartito de atrás, donde había cuatro archivadores metálicos y un calendario de una fábrica de embutidos parado en marzo de 2014.

—Mil novecientos noventa y ocho de qué.

—Del último tren. El de noviembre.

—Ese no fue el último —dijo Casilda—. Lo anunciaron como el último y luego lo indultaron. Volvió a salir en enero, y otros veintisiete años detrás.

—Ya. Yo pregunto por lo que se hizo cuando la gente creía que sí.

Tardó siete minutos en encontrarla. La carpeta era de cartón azul, con una goma que se rompió al tocarla, y dentro había tres cosas: un plano de la línea, una circular de la operadora y ocho folios grapados con una cuadrícula dibujada a mano y con regla.

—Aquí está lo que buscas, y todavía no sé qué buscas —dijo Casilda, y lo dejó sobre la mesa de embalar.

Eran firmas. Ochenta y siete firmas, numeradas por alguien que había ido escribiendo las cifras con bolígrafo rojo en el margen, y al lado de cada una un nombre, un pueblo de la línea y un teléfono de nueve dígitos o de seis, según la edad del que firmara.

Encabezando el primer folio, con letra de maestra:

«Vecinos que piden viajar en el último 803. Ribadeña a Puente Alcor, 14 de noviembre de 1998.»

—Ochenta y siete —dijo Olalla.

—Ochenta y siete —confirmó Casilda—. Y se emitieron ochenta y siete billetes, porque aquí está el resguardo de la máquina. No se picó ninguno, porque el tren no llegó a salir: hubo una avería en Corrales y pusieron un autocar. Al día siguiente ya no era el último de nada, así que nadie devolvió el billete y nadie reclamó el dinero.

Ahí estaba lo que Olalla llevaba dos noches persiguiendo. No eran dos billetes sueltos. Eran ochenta y siete, y llevaban veintiocho años guardados en algún sitio.

—¿Y quién se quedó con ellos?

—La que los repartió, digo yo.

Olalla fue bajando el dedo por el margen rojo, número a número, y se paró en el cuatro.

Fermín Aizpún, maquinista del 803 y jubilado dentro de diez días, asomó por la puerta del cuartito con el termo en la mano, sin llegar a entrar.

—Berruezo, son las siete y media —dijo—. ¿Cenas hoy, o te lo cuento mañana?

—Fermín. ¿Tú sabías que en el noventa y ocho se firmó una lista?

—Yo sé conducir un tren y sé que el jueves me dan una placa —dijo, y se fue por el andén con el termo, que era exactamente lo que se esperaba de él.

Casilda, mientras tanto, echaba cuentas en voz alta con el bolígrafo levantado.

—Si la señora Sanchís tiene ochenta y siete billetes y quedan diez noches, no le salen. Aunque suba a nueve por noche no le salen. Y no ha subido a nueve: subió a una, y anoche a dos. —Bajó el bolígrafo—. Esa mujer sabe contar. Fue maestra treinta y un años en Ribadeña. Si va de uno en uno, es porque quiere ir de uno en uno.

—¿Y por qué iba a querer eso nadie?

—Pregúntaselo esta noche, que sube en Vallonga.

Olalla no contestó. Seguía en el número cuatro y no acababa de levantar el dedo.

—Casilda. Léeme la cuatro.

Casilda se puso las gafas de cerca, acercó el folio al fluorescente y leyó en voz alta lo que había escrito allí, en noviembre de 1998, una mujer que cosía a máquina en un bajo de la calle Hospital.

—La cuatro —dijo—. Purificación Berruezo Lastra. Costurera. Ribadeña.

Era la misma letra de las etiquetas que Olalla llevó cosidas en el cuello de las batas del colegio.

—Casilda. ¿Quién recogió estas ochenta y siete firmas, casa por casa, en noviembre de 1998?