
El primero le hizo gracia: una esquina doblada en la página 37. El segundo le pareció casualidad. Pero Clara llevaba años comprando libros usados en tres ciudades distintas y la 37 siempre venía marcada: novelas, dietarios, un atlas escolar, un manual de jardinería.
Empezó a comprobarlo antes de pagar. Iba directa, sin pasar por el índice, y los libreros la miraban de reojo. En la página 37 nunca había nada especial: llovía en una novela sueca, una tabla de mareas, el final de un capítulo cualquiera. Fuera lo que fuera lo que señalaba aquella esquina, no estaba en el texto.
Un sábado, por quitarse la manía, compró un libro recién salido de imprenta, precintado, oliendo todavía a tinta. Lo abrió en el autobús con las dos manos, despacio, como quien deshace una apuesta.
La esquina de la página 37 ya venía doblada. Y esta vez, en el margen, alguien había escrito a lápiz: «casi».