
Cuando Johannes Gutenberg terminó su Biblia en Maguncia, hacia 1455, acababa de inventar sin saberlo el mundo moderno: la imprenta de tipos móviles convertía en semanas el trabajo que a un copista le llevaba años. De aquella primera edición salieron unas 180 copias, la mayoría en papel y unas cuantas en pergamino.
Se vendieron tan bien que, según una carta de la época escrita por un futuro papa, había compradores esperando antes de que los volúmenes salieran del taller.
Hoy sobreviven 49, repartidas entre bibliotecas, universidades y museos, y solo una veintena están completas. La última vez que se vendió un ejemplar entero fue en 1978; desde entonces, quien quiere un pedazo de Gutenberg tiene que conformarse con hojas sueltas, que se venden una a una como reliquias.
No es el libro más antiguo del mundo, ni el más raro. Pero cada una de esas 49 copias marca el punto exacto donde los libros dejaron de ser un lujo copiado a mano y empezaron a ser de todos.