
Cuando murió mi padre me quedé con la ferretería. El gestor dijo que lo primero era hacer inventario, y el cuaderno estaba donde siempre: bajo el mostrador, con su letra apretada.
Tornillos del seis, cuatro cajas. Bombillas de rosca gorda, once. Cinta americana, seis rollos. Todo cuadraba, pasillo por pasillo, hasta la última página, donde la letra se volvía más lenta:
«Tarde de agosto con la puerta abierta, una». «Silencio de después de echar el cierre, tres». «Café en el mostrador con Andrés, quedan pocos».
Recorrí las estanterías sin saber qué buscaba. En el almacén solo había cajas y ese polvo que flota en la luz de la claraboya, del que parece quieto y no lo es.
He vuelto a abrir la tienda. Vendo tornillos, bombillas, cinta americana. Y cada noche, antes de apagar, apunto en la última página lo que ha entrado sin pasar por caja.