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Relato · Del catálogo de Margen

El relojero de la calle sin nombre

En la calle que los planos olvidaron había una relojería abierta solo para quienes habían perdido algo más que la hora. El cartel decía: «Reparamos el tiempo. No preguntamos para qué».

Martín entró un jueves de lluvia con el reloj de su padre en el bolsillo, parado a las 6:14, la hora exacta en que dejó de funcionar el corazón del viejo.

—No quiero que ande —dijo el relojero sin levantar la vista—. Quiere que esa hora no se vaya nunca. Es distinto.

Martín no supo qué responder. El hombre tomó el reloj, lo abrió como quien abre una nuez con cuidado y miró dentro mucho rato.

—Puedo hacer que las seis y catorce duren lo que usted viva —dijo al fin—. Pero tendrá que renunciar a todas las demás horas iguales que vengan. Ningún otro 6:14 volverá a significar nada.

Martín pensó en los trenes que cogería a esa hora, en los despertares, en los relojes de las estaciones. Pensó en su padre. Asintió.

Salió a la calle con el reloj parado y caliente en la mano. A su espalda, la relojería ya no estaba. En su lugar, una pared lisa, sin puerta, como si el tiempo, agradecido, hubiera decidido guardarle el secreto.