Curiosidad · Del catálogo de Margen
El lago que se tragó 11 barcazas en tres horas

A las seis de la mañana del 20 de noviembre de 1980, la torre de perforación que Texaco había plantado sobre el lago Peigneur, en el sur de Luisiana, buscaba petróleo con una broca de 36 centímetros. El lago era una lámina de agua dulce de tres metros de profundidad. Trescientos metros más abajo, la Diamond Crystal Salt Company excavaba sal en galerías del tamaño de una catedral.
Los cálculos fallaron y la broca entró por el techo de la mina. Por un agujero del ancho de un plato empezó a colarse el lago entero. El agua disolvió la sal, el agujero creció, y en mitad del lago se abrió un remolino que se tragó las dos torres de perforación, once barcazas, un remolcador y sesenta y cinco acres de la isla Jefferson —unas veintiséis hectáreas— con jardín botánico e invernaderos incluidos.
El canal de Delcambre, que hasta esa mañana desaguaba el lago hacia el mar, dio media vuelta y empezó a correr al revés. Durante unas horas Luisiana tuvo la cascada más alta de su historia, alimentada por el golfo de México.
No murió nadie. Los cincuenta y cinco mineros que estaban abajo salieron por los pozos de ventilación siguiendo el protocolo de evacuación, y los hombres de la torre llegaron a la orilla antes de que se hundiera. Dos días después, cuando el agua salada llenó el hueco y las presiones se igualaron, nueve de las once barcazas volvieron a la superficie como corchos.
El lago Peigneur sigue ahí, pero ya no es dulce ni tiene tres metros: pasa de los sesenta. Texaco y la perforadora pagaron 32 millones de dólares a la minera y 12,8 millones a los jardines.