
Subió contando, como hacía de niña para no tener miedo. En el escalón ochenta, la bombilla del rellano se fundió con un chasquido. En el noventa, oyó pasos por debajo de ella: alguien subía también, al mismo ritmo, un piso más abajo.
Una se detuvo. Los pasos se detuvieron.
Reanudó la marcha. Los pasos la siguieron.
Llegó arriba con el corazón en la garganta y la mano en el interruptor de la linterna. Abajo, la voz de la radio sonaba ahora sin radio, subiendo por el hueco de la escalera, cada vez más cerca:
—Gracias, Una. Ya casi estoy en casa.