
Te oyes en un vídeo que grabó otro y lo primero que piensas es que el micrófono era malo. No lo era: esa voz fina y ajena es exactamente la que llevan oyendo toda la vida tu madre, tus amigos y la gente con la que trabajas. El aparato no te deforma; te quita algo que solo tú tenías.
Cuando hablas, tu voz te llega por dos caminos a la vez: por el aire, igual que a los demás, y por dentro, a través de los huesos del cráneo. Ese segundo camino transporta especialmente bien los tonos graves, así que la voz que tú te oyes es más grave, más ancha y más solvente que la que sale de tu boca. Es el mismo mecanismo que te hace oír una manzana mordida con estruendo de derribo mientras nadie a tu lado se entera. Una grabación solo recoge el camino del aire.
Dos psicólogos de Kansas, Philip Holzman y Clyde Rousey, describieron ese sobresalto en 1966 y lo llamaron confrontación con la propia voz.
Grábate treinta segundos leyendo cualquier cosa y escúchalo tres veces seguidas: a la tercera ya no da vergüenza. Es el único ensayo que hace falta antes de una entrevista por vídeo.