
En la plaza de mi barrio sobrevive una cabina de teléfono. No tiene ranura para monedas ni tono al descolgar; la compañía se olvidó de llevársela cuando se llevó todas las demás.
Suena los jueves, a las siete y diez de la tarde. Lo sabe todo el barrio y a nadie parece extrañarle: la señora de la mercería baja la persiana un poco más despacio, los críos dejan de gritar un momento, y la cabina suena tres veces, cuatro, y calla hasta el jueves siguiente.
Ayer era jueves y llegué a las siete y nueve. No lo había decidido; simplemente mis pies frenaron allí. Cuando sonó, descolgué.
No había voz. Había mar. Olas largas, de playa en invierno, y una respiración tranquila de alguien que escuchaba a la vez que yo, como se comparte un auricular. Duró lo que tarda una ola en retirarse.
Hoy la mercera me ha parado en el portal. No me ha preguntado qué oí. Me ha dicho, bajando la voz: «A mí me tocó en marzo. ¿A que sienta bien?». Y ha seguido barriendo la acera, con el mar todavía metido en algún bolsillo del delantal.