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Relato · Del catálogo de Margen

Ariadna entra a juicio con 11 folios sin sello

A las 12.04, la letrada Ariadna Pous deja once folios en la mesa del juzgado de familia número 3 de Terrassa y dice en voz alta, para que conste, que ninguno lleva sello.

—¿Traducción jurada? —pregunta la señoría, sin levantar la vista.

—Traducción firmada. No jurada. Pido que se recoja en el acta el motivo.

La magistrada levanta la vista entonces. Una traducción jurada es la que firma y sella un profesional habilitado por el Estado, y es lo único que nadie puede discutir. Al otro lado de la sala, Tamar Kvaratskhelia, treinta y ocho años, auxiliar de geriatría en una residencia de Rubí, se pone de pie sin que nadie se lo haya pedido.

—Yo traje los papeles —dice, en un castellano lento y exacto—. Los traje en marzo.

—Siéntese, señora. Ahora le pregunto a usted.

Tamar se sienta. Ha cambiado dos turnos para estar aquí. Los once folios son la sentencia que un tribunal de Tiflis dictó en 2029 sobre la custodia de su hijo, y sin ellos la vista de hoy no decide nada.

—El Registro cerró el 1 de octubre de este año —dice Ariadna—. El último traductor jurado de georgiano de la provincia tiene la habilitación caducada desde esa fecha. Me ha traducido los once folios y se ha negado a sellarlos. Está sentado en la última fila.

La magistrada mira a la última fila.

—Señor Cifuentes, ¿usted conoce el georgiano?

—Treinta y un años, señoría.

—Acérquese.

A las 12.11, la letrada de la Administración de Justicia lo habilita por decreto y la magistrada le toma juramento. Modesto Cifuentes, sesenta y un años, jura decir verdad como intérprete designado para este acto y para ninguno más, de pie, sin sello, sin número de registro, con la mano derecha levantada delante de once personas. Luego lee en voz alta, en castellano, el fallo y las dos páginas que importan, parándose dos veces para explicar una cosa que no cabe en ninguna casilla.

La primera parada es en la página siete. Explica que el niño aparece escrito de tres maneras distintas en tres papeles distintos, que las tres son el mismo menor nacido el 14 de marzo de 2027 y que la diferencia viene de pasar el georgiano al alfabeto latino, no de dos expedientes. La segunda es en la nueve, donde el tribunal de Tiflis emplea una palabra que en castellano se traduce por «custodia» y que allí significa algo más estrecho: quién decide el colegio. La magistrada le hace repetir esa frase y la letrada del juzgado la escribe entera.

La vista empieza de verdad a las 12.19. De todo lo que se dice en castellano esa mañana, Tamar entiende exactamente una palabra, y es el nombre de su hijo, pronunciado bien, por primera vez desde que ha entrado en el juzgado.

11.31

Modesto vive en un segundo sin ascensor de la calle Sant Pau y abre la puerta con los folios en la mano izquierda, grapados.

—Están los once —dice—. Y no van sellados.

—Modesto, sin sello esto no es nada.

—Sin sello es una traducción que ha hecho un señor. Coge el abrigo, que bajo contigo.

—¿Bajas conmigo?

—El sello me lo ha quitado el Estado. La voz no. Si la jueza quiere, que me tome juramento allí mismo y pregunte lo que tenga que preguntar; eso lo puede hacer cualquier juzgado y lo lleva haciendo toda la vida con los idiomas que no tienen a nadie. Y si no quiere, me vuelvo andando y no habremos perdido nada.

Ariadna baja los dos tramos de escalera delante de él, llamando al juzgado para avisar de que llegan dos.

10.50

La mesa de Modesto tiene tres cosas encima: la sentencia georgiana, un teclado y el certificado literal de nacimiento que el Registro Civil de Rubí expidió en 2031. Tamar está sentada enfrente, con el abrigo puesto, porque no ha querido quitárselo.

Modesto va por la página siete. Se detiene.

—Tamar, ven. ¿Tu hijo cómo se llama?

—Luka.

—En la sentencia de Tiflis aparece dos veces como ლუკა, que es Luka, y cuatro veces en el encabezamiento transcrito al alfabeto latino como «Lukas», porque el funcionario que lo mecanografió usó la grafía rusa. Y en el certificado español pone Lucas, con c, porque en el registro de Rubí se lo escribieron al oído.

—Es el mismo.

—Yo sé que es el mismo. La jueza no.

Tamar saca del bolsillo del abrigo la hoja de matrícula del colegio de Rubí, doblada en cuatro. Ahí el niño es «Luka K.», porque el apellido no cabía en la casilla. Y añade, sin que él lo pregunte, que en el cuadrante de la residencia ella figura como Tamara desde 2032 y que dejó de corregirlo el segundo año.

Modesto apunta las dos cosas en el margen de su cuaderno, no en el folio. Tacha la línea que acaba de escribir y vuelve a empezar la página siete. Tres grafías, un solo niño nacido el 14 de marzo de 2027, y alguien que tendrá que decirlo en voz alta y responder de ello.

9.40

—No puedo —ha dicho Modesto en la puerta, hora y diez antes, sin dejarla pasar del recibidor—. Te lo digo ya y nos ahorramos la mañana.

Ariadna lleva la sentencia en una carpeta de goma y el móvil en la mano, con la pantalla encendida en la lista de los veinticuatro idiomas que la plataforma Certifica emite al instante, firmados, descargables, válidos en cualquier juzgado del país. Rumano está. Ucraniano está desde abril. Georgiano no está, y lleva tres años sin estar, porque son dos mil hablantes censados y el pliego se adjudicó por volumen.

—Cuarenta segundos tarda —dice ella, y es verdad: cuarenta segundos y un código de verificación de dieciséis dígitos al pie de cada página.

—Para los veinticuatro. Para el tuyo, nada.

—La vista es a las doce.

—Y mi habilitación caducó el día 1. No es que no quiera, Ariadna: si sello eso, firmo como lo que ya no soy. Eso tiene nombre en el Código Penal y lo tiene desde antes de que tú nacieras.

—Hay uno en Zaragoza.

—A doscientos noventa kilómetros y con la agenda cerrada hasta el jueves. Lo he llamado yo esta mañana, a las ocho y veinte, antes de que te acordaras de llamarme a mí.

Ariadna se apoya en el marco de la puerta y hace lo único que le queda, que es dejar de pedirle lo que no puede dar y pedirle otra cosa.

—Entonces tradúcelos. Sin sellar. Ya veré yo qué hago con ellos.

Modesto se queda quieto dos segundos. Luego se aparta de la puerta y la deja pasar.

8.12

La carta del Registro llegó el 2 de octubre y lleva diecinueve días sobre la mesa, debajo del sello, que es un cilindro de goma con mango de madera y tinta azul reseca. Modesto desayuna de pie, como todos los días desde que su mujer cogió el turno de mañana en la residencia. La carta dice que, a partir del 1 de octubre de 2036, el Registro de Traductores e Intérpretes Jurados no admite renovaciones, que la certificación de traducciones se presta en adelante por medios automatizados y que los profesionales inscritos conservan el derecho a usar el título a efectos profesionales y publicitarios.

A efectos profesionales y publicitarios. Treinta y un años jurando ante un juzgado que lo que ponía en castellano era exactamente lo que ponía en georgiano. Dos extradiciones, catorce adopciones, el certificado de defunción de un marino de Poti que llegó a Barcelona dentro de un sobre con el sello mal pegado, y una tarde de 2014 en la que paró una vista entera porque el documento original decía «hermano de madre» y el intérprete anterior había escrito «hermano». Y lo que le dejan de todo eso es el derecho a ponerlo en una tarjeta.

El teléfono suena a las 8.14. Es un número de Terrassa que no tiene guardado.

Modesto mira el sello antes de contestar. Lo coge, lo gira, lee su propio nombre al revés en el caucho. Luego lo deja en el cajón de arriba, cierra el cajón y descuelga de pie, con el cuaderno ya abierto.