Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen
Sube una pasajera con un billete de hace veintiocho años

Quedan doce noches. El 803 sale de Ribadeña a las 23:40 con las luces encendidas, cincuenta y dos asientos limpios y ningún viajero dentro: la operadora dejó de vender billetes el lunes y el día 31 levantan la vía.
Olalla Berruezo, revisora de la línea desde hace once años, recorre el pasillo igual que cuando iba lleno. Se lo han mandado por escrito. El contrato con la Administración obliga a cubrir el servicio hasta el último día, y cubrir el servicio significa que el tren sale, que ella va dentro con la picadora en el bolsillo y que Fermín Aizpún, el maquinista que se jubila justo el 31, lo lleva hasta Puente Alcor y lo trae de vuelta.
—Doce —dice Fermín por el interfono en cuanto arrancan.
—Doce —contesta ella.
Es lo único que se les ha ocurrido para no hablar de otra cosa.
A las 23:52 pasan por Sotoclaro sin frenar. A las 00:06 empieza la recta larga, la que va paralela al río, y Olalla se sienta en la fila nueve porque desde ahí se ven las dos puertas. Lleva once años sin sentarse en un trayecto.
A las 00:11 nota que el tren frena.
Vallonga es un apeadero de dos andenes cortos y una marquesina de chapa, cerrado en 2011, cuando la comarca perdió las paradas que no llegaban a diez viajeros al día. No tiene luz. No tiene taquilla. En el cuadro de mandos ni siquiera aparece: para el sistema, entre Sotoclaro y Ermua del Río no hay nada.
El 803 se detiene allí treinta segundos. La puerta dos se abre.
Sube una mujer de unos setenta años, con un abrigo azul marino abrochado hasta arriba, un bolso rígido y un paraguas que esta noche no le hace falta. Se limpia los pies en el escalón antes de entrar y avanza por el pasillo hasta la fila cuatro.
—Buenas noches —dice—. Voy hasta Puente Alcor.
—Señora. —Olalla se ha levantado tan deprisa que se le ha caído la picadora—. Este tren no lleva viajeros. No se venden billetes desde el lunes.
—Ya lo sé.
—Entonces me entiende: no puedo llevarla. Tengo que avisar por radio y hacerla bajar en Ermua.
—Puedes hacerlo —dice la mujer, y se sienta—. Yo también sabría hacer mi trabajo si me lo mandaran.
Se llama Amelia Sanchís. Lo dice sin que se lo pregunten, y añade el resto igual de ordenado, con la respuesta preparada de hace días: maestra jubilada, cuarenta y un años en la escuela de Ribadeña, dos promociones enteras de la comarca aprendieron a dividir con ella.
—Yo fui alumna suya —dice Olalla, y se arrepiente enseguida, porque eso lo complica todo.
—Berruezo —dice Amelia—. Lo sé.
Olalla va hasta la cabina. Fermín tiene una mano en el mando y la vista clavada en el punto donde los faros dejan de servir.
—Has parado en Vallonga.
—He parado en Vallonga.
—Vallonga está cerrado desde hace catorce años.
—Quince —dice Fermín—. Y quedan doce noches. ¿Se lo cuentas tú a Mardones o se lo cuento yo?
Serafín Mardones es el jefe de servicio, el hombre que firma los cuadros y las sanciones desde una oficina a ciento cuarenta kilómetros de allí. Ninguno de los dos lo llama.
Olalla vuelve al vagón. Amelia tiene el bolso abierto sobre las rodillas y la está esperando con las manos quietas.
—Le tengo que pedir el nombre completo y un documento —dice Olalla—. Y aun así la tengo que hacer bajar.
—Te voy a dar otra cosa.
Saca un sobre de papel, de los que se cerraban humedeciendo la solapa, y del sobre saca un billete. No es un billete de ahora, de papel térmico y código de barras. Es de cartulina fina, con el nombre de la línea impreso en tinta gastada y los recuadros de las estaciones puestos en columna.
Olalla lo coge. Lo primero que mira, por costumbre de once años, es la esquina de arriba a la derecha, donde va la fecha.
—Esto es de hace veintiocho años —dice.
—Catorce de noviembre de 1998 —dice Amelia—. Ribadeña a Puente Alcor. Ida.
—Está sin picar.
—Está sin picar —repite Amelia, y se acomoda en el asiento con la calma de quien empieza un viaje largo—. Llevo veintiocho años esperando a que alguien me lo pique.