Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen
Nadie había pedido nunca que le quitaran el nombre

Antes: Ainhoa Cortabarria supo que se puede salvar un solo título del expurgo, y que el impreso exige la firma del autor vivo.
Setenta y cuatro títulos sin verificar y cuarenta kilómetros de carretera. Ainhoa Cortabarria, restauradora de la Biblioteca Provincial de Huesca, aparcó en Ayerbe a las diez y veinte de la mañana con el impreso del artículo nueve dentro de una carpeta de gomas y el ejemplar envuelto en papel de seda.
La dirección era la del depósito legal de 1974 y llevaba sesenta y cuatro años sin actualizarse: calle Rafael Gasset, bajo, con una puerta verde y un timbre de los de apretar fuerte. Abrió él mismo. Casimiro Lete Arbués, ochenta y nueve años, veterinario rural jubilado, cuarenta y un inviernos entrando en cuadras entre Ayerbe y Riglos. Vivía en la planta baja porque las escaleras ya no.
—Traigo un libro suyo —dijo Ainhoa.
—Yo no tengo libros míos. Los repartí todos.
Ella lo dejó sobre el hule de la mesa de la cocina y quitó el papel. «Oficios de invierno», imprenta Tramullas, Huesca, 1974. Casimiro se puso las gafas de cerca, lo abrió por la mitad y no lo leyó: pasó el pulgar por el canto, que es lo que hace la gente que conoce un libro por el grosor.
—¿De dónde ha salido?
—De la sala tres. Y el 19 sube a un camión, con doscientos trece más, camino de la planta de pasta de papel de Sabiñánigo.
—¿Y los otros doscientos trece?
—Se trituran. Por eso vengo por éste.
Ainhoa sacó el impreso, dos hojas grapadas con el membrete del Programa Nacional de Desduplicación, y lo puso girado hacia él. Le explicó la casilla uno, la dos y la tres: título y año; biblioteca y número de registro; y acreditación de autoría, con la firma original en tinta, dentro del recuadro, del autor de la obra en vida.
—Un título de doscientos catorce se queda —dijo—. Lo elijo yo y lo firma usted.
Casimiro leyó la letra pequeña dos veces, igual que la había leído ella el jueves.
—¿Cuándo contesta el Registro?
—Entre siete y quince días hábiles.
—Y el camión es el 19.
—El camión es el 19 a las seis de la mañana.
—Entonces esto no llega a tiempo.
—El expediente llega. El libro no, si nadie lo saca del lote. —Ainhoa se sentó por primera vez—. En la planta hay una operaria que firma las actas por peso, Remei Balaguer. Si el 19 para la línea media hora y aparta este ejemplar, el papel aguanta hasta que conteste el Registro. Si no la para, el expediente llega a nombre de un libro que ya es pasta.
—¿Y va a parar una línea por usted?
—No lo sé. Se lo voy a pedir mañana.
Casimiro se levantó, abrió el cajón del aparador y sacó una caja de galletas con dos gomas alrededor. Dentro había recibos, la foto de una perra y un sobre marrón sin remite. Del sobre sacó tres hojas escritas a máquina, con la ce mellada que Ainhoa ya había visto en el sótano de la biblioteca.
—El capítulo cuatro —dijo—. Lo escribió Herminia.
—Herminia Sasal.
—Maestra en Riglos hasta el setenta y nueve. Yo sabía de partos de vaca y de heladas. De cómo se le cuenta una helada a un crío que no la ha visto, no sabía nada. Le pedí tres páginas para el capítulo del hielo y me trajo veintiuna.
—¿Y firmó usted solo?
—La imprenta cerraba en agosto y en la portada cabía un nombre. Ella dijo que le daba igual, y a mí me vino bien que le diera igual. En el setenta y cuatro eso era lo normal, y que fuera lo normal no lo arregla.
Se quedó de pie con las tres hojas en la mano. Ainhoa no dijo nada, porque llevaba desde el jueves ensayando qué decir en este momento y ninguna de las frases le servía ahora.
—¿Dónde firmo?
—Aquí. El nombre tal como consta en la portada, y la firma dentro del recuadro.
Casimiro cogió un bolígrafo azul del bote de la cocina, se sentó y escribió su nombre completo en la línea de arriba, con la letra grande y despacio de quien ha rellenado cartillas toda la vida. Después, en lugar de firmar, giró la hoja y escribió tres líneas a mano en el margen, apretando las letras para que le cupieran, y las fue leyendo en voz alta mientras las escribía:
—«Firmo esta solicitud con la condición de que en el registro del ejemplar patrimonial figuren dos autores: en primer lugar Herminia Sasal Bergua, y en segundo lugar el abajo firmante.»
Puso la firma debajo, en tinta, dentro del recuadro, y le devolvió las dos hojas.
—Si eso no se puede poner, no firmo.