
Desde 1865 existe en las tabaquerías de Cuba un oficio singular: el lector de tabaquería. Torcer puros es un trabajo silencioso y repetitivo, así que los propios torcedores pagaban a un compañero para que, subido a una tarima, les leyera en voz alta durante la jornada: prensa por la mañana, novelas por la tarde. Dumas, Hugo, Zola, Galdós. Los oyentes votaban el siguiente libro y aplaudían los buenos capítulos golpeando las mesas con sus chavetas.
Había una novela que mandaba sobre todas: El conde de Montecristo. Gustó tanto, durante tantos años, que en 1935, cuando los dueños de una fábrica de La Habana necesitaron un nombre para su nueva marca, no hubo mucho que discutir: la llamaron Montecristo. Hoy es uno de los puros más célebres del mundo, y no debe su nombre a una finca ni a un apellido, sino a las horas de lectura en voz alta entre hojas de tabaco.
El oficio, por cierto, sigue vivo: Cuba lo declaró patrimonio cultural de la nación en 2012, y en muchas tabaquerías todavía hay alguien que, cada mañana, abre un libro frente a las mesas de torcido.