
Cuando suena el himno español, los jugadores no cantan porque no hay nada que cantar. La Marcha Real es uno de los poquísimos himnos nacionales del mundo sin letra oficial —lo acompañan los de San Marino, Bosnia-Herzegovina y Kosovo—, y no porque se perdiera por el camino: en más de dos siglos y medio nunca la ha tenido.
La melodía aparece documentada por primera vez en 1761, en un libro de toques militares, como «Marcha Granadera». Ni siquiera se sabe con certeza quién la compuso.
Letras, en cambio, ha habido muchas: con Alfonso XIII se cantó una de Eduardo Marquina; durante el franquismo, otra de José María Pemán. Ninguna fue oficial y todas cayeron con su época. El último intento fue en 2008: el Comité Olímpico Español eligió una letra ganadora entre miles de propuestas, la polémica estalló en horas y la retiraron a los pocos días.
Así que España compite con un himno que se tararea. Aquel «lo-lo-lo» de los estadios no es desgana: es, literalmente, todo lo que hay.