Por capítulos · El ejemplar 215 · Del catálogo de Margen
Los camiones se adelantan al día diecinueve

Antes: Ainhoa Cortabarria encontró en los originales de 1974 que el capítulo cuatro lo entregó otra máquina de escribir. Nadie firmó esas veintidós cuartillas.
Quedaban 160 títulos por verificar cuando la furgoneta blanca del Programa aparcó en la rampa de carga. Ainhoa Cortabarria, restauradora de libros de la Biblioteca Provincial de Huesca, lo supo antes de verle la cara a nadie: Fabián Oyarzun, jefe de sala y responsable del expurgo, había bajado a recibirla con la carpeta de tapas duras, la que solo saca cuando viene alguien de Madrid.
—Nekane Ferrer, inspectora del Programa Nacional de Desduplicación —dijo la mujer, y le dio la mano a Ainhoa antes que a Fabián—. ¿Es usted la que verifica?
—Doscientos catorce títulos. Llevo cincuenta y cuatro.
—Cincuenta y cuatro en once días.
—Cincuenta y cuatro abiertos uno por uno. Verificar no es contar.
Nekane sacó del bolso una tableta, la apoyó en el mostrador de devoluciones y giró la pantalla para que la vieran los dos. Era un calendario de ruta con cuatro provincias y una columna de horas en la que Huesca aparecía dos veces.
—La planta de Sabiñánigo entra en mantenimiento el 22 —dijo—. Tres semanas parada. Si su lote sale el 30, se queda aquí hasta septiembre, y en septiembre no hay partida de transporte. Se lo digo con la orden encima: los camiones vienen el 19.
Fabián hizo la cuenta antes que Ainhoa.
—Eso son once días menos.
—Once —dijo Nekane—. Y no los quito yo. Los quita una máquina que lleva parada desde marzo.
Ainhoa abrió la carpeta de tapas duras y sacó la hoja de ruta vieja: 214 títulos, 30 de junio, dos operarios de refuerzo prometidos que no llegaron nunca.
—Con once días menos me tocan veinte títulos al día —dijo—. Y verificar un título es abrirlo, mirar si tiene marcas, comprobar si queda otro ejemplar en algún sitio y firmar con mi nombre que se puede triturar. Eso que firmo yo no lo firma nadie más.
—¿Cuántos ha encontrado con marcas?
—Uno.
Nekane levantó la vista de la tableta por primera vez.
—¿Uno de cincuenta y cuatro?
—Uno de cincuenta y cuatro. Y ese uno consta destruido el 14 de marzo, en Sabiñánigo, en la planta que usted dice que entra en mantenimiento el 22.
Fabián carraspeó y miró hacia la rampa, donde el conductor de la furgoneta fumaba de espaldas.
—Es un error de acta —dijo—. Remei Balaguer, la operaria de la planta, firma por kilos. Ya lo hablamos.
—Ya lo hablamos —repitió Ainhoa—, y el libro sigue en la mesa nueve.
Fue hasta allí y volvió con él abierto por la página once. Lo dejó sobre el mostrador, delante de la tableta.
—«Oficios de invierno», Huesca, 1974, imprenta Tramullas —dijo—. Mire el margen.
Nekane Ferrer no lo miró. Puso la mano encima sin llegar a tocarlo, como quien sujeta un papel que se va a volar.
—Yo no leo los libros. Leo los lotes.
—Son cinco palabras a lápiz. Le lleva cuatro segundos.
—Si lo leo, tengo que anotar que lo he leído, y entonces este título entra en un procedimiento que dura cuatro meses y usted lo tiene aquí, en una caja precintada, hasta noviembre. ¿Es eso lo que quiere?
Ainhoa retiró el libro y lo cerró con las dos manos, despacio, sin marcar la página.
—Quiero ocho días que no me ha dado nadie.
—Ocho días son los que hay.
Otilia Bergua, catalogadora del fondo antiguo, treinta y un años en el puesto, había subido del sótano con dos cajas y las dejó en el suelo sin que nadie se lo pidiera. Se quedó de pie al lado, con las manos metidas en los bolsillos de la bata.
—Yo tengo cuatro mil doscientos títulos ahí abajo —dijo—. Me dejan quedarme cuatrocientos. Si me quitan once días, no elijo mejor: elijo antes.
—Nadie le quita nada, señora. Se adelanta.
—Se adelanta usted. A mí se me quita.
Nekane Ferrer no discutió. Pidió un bolígrafo y Fabián le dio el de la biblioteca, el que va atado con un cordel al mostrador desde que empezaron a desaparecer. Firmó la orden allí mismo, de pie, y escribió la fecha a mano debajo de su firma: 19 de junio de 2038, seis de la mañana, dos camiones, muelle trasero. Después arrancó la copia amarilla y se la dejó a Fabián dentro de la carpeta, sin soltarla del todo hasta que él la cogió.
—Ocho días —dijo—. Y una cosa más, por si le sirve: yo no decido qué se salva. Decido cuándo llega el camión.
Se marchó por la rampa con el mismo paso con el que había entrado. El conductor apagó el cigarro contra la suela y le abrió la puerta.
Ainhoa se quedó con la copia amarilla en la mano hasta que la furgoneta salió a la carretera. Luego volvió a la mesa nueve, apartó el carro y contó en voz alta lo que le quedaba, como cuenta la gente que trabaja sola: 160 títulos, 8 días, 20 al día. En la mesa, abierto por la página once, seguía el único de los cincuenta y cuatro que no había podido firmar.