Curiosidad · Del catálogo de Margen
Por qué ningún avión tiene ventanillas cuadradas

El 10 de enero de 1954, un De Havilland Comet de la aerolínea británica BOAC —el primer reactor comercial de pasajeros del mundo— se partió en el aire frente a la isla de Elba: murieron sus 35 ocupantes. Tres meses después, otro Comet cayó igual cerca de Nápoles, con 21 personas a bordo. Nada los había golpeado: el avión, sencillamente, se abría en pleno cielo. La flota entera quedó en tierra, y la Marina británica pescó los restos del primero del fondo del mar para recomponerlo pieza a pieza en un hangar. Los investigadores británicos metieron un fuselaje entero en un tanque de agua en Farnborough, su laboratorio aeronáutico, y lo hincharon y deshincharon miles de veces, imitando la presurización de cada vuelo. Hacia las tres mil repeticiones apareció la respuesta: grietas de fatiga del metal —roturas minúsculas que crecen con cada ciclo— nacidas en las esquinas de las aberturas del fuselaje, donde un ángulo recto concentra toda la tensión. Un rincón cuadrado acumula esfuerzos; una curva los reparte. Desde entonces, todo lo que se abre en un avión presurizado —ventanillas, puertas, escotillas— lleva las esquinas redondeadas. El Comet volvió a volar cuatro años después, reconstruido y con las ventanillas ovaladas, pero para entonces Boeing ya le había quitado el cielo. La próxima vez que apoyes la frente en esa ventanilla ovalada, estarás mirando la lección de 1954.