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Por capítulos · Las doce ultimas noches del 803 · Del catálogo de Margen

El billete de 1998 nunca llegó a anularse

Antes: Olalla, revisora del 803, confirmó que 61 firmantes viajarán el día 31, pero la línea ya no permite emitir billetes.

Quedan dos noches. A las seis y siete de la tarde, Casilda Trigo, jefa de estación de Ribadeña, había ocupado la mesa de embalar con la carpeta de 1998, tres manuales de tarifas y el parte del tren que no salió.

Olalla Berruezo, revisora del 803, dejó encima el correo del expediente que Serafín Mardones, jefe de servicio, ya tenía fechado para el día 31.

—Anoche dijiste que eran papel de coleccionista.

—Anoche llevaba catorce horas aquí y tú me preguntaste después de cerrar la venta —dijo Casilda—. Hoy te voy a contestar con un artículo, un sello o una disculpa. Por ese orden.

Puri Berruezo, costurera jubilada y firma número cuatro, entró sin llamar con el cuaderno donde había contado los sesenta y un síes. Lo dejó junto a los manuales, vio el polvo y volvió a cogerlo.

—Si un billete caduca, tendrá que ponerlo en alguna parte.

—Eso es derecho ferroviario según una costurera —dijo Casilda.

—Y lo tuyo fue derecho ferroviario según una señora cansada.

Casilda apartó una silla para que se sentara. Puri limpió primero el asiento con la manga.

A las seis y veinte llegó Amelia Sanchís, maestra jubilada de Ribadeña, con la caja de zapatos de Vallonga. Dentro estaban los billetes que aún guardaba; los demás seguían en carteras, sobres y un marco encima de un aparador. Todos eran de cartulina naranja: Ribadeña a Puente Alcor, ida, 14 de noviembre de 1998.

Fermín Aizpún, maquinista del 803, apareció con el termo y se quedó en el umbral, como si entrar en una oficina pudiera retrasarle la jubilación.

Casilda abrió el parte de aquella noche. Una avería en Corrales había impedido la salida del 803 y la operadora había enviado un autocar. En la casilla de resolución no ponía «servicio suprimido», sino «servicio sustituido por carretera». Debajo había un código escrito a máquina: CGT-17.

—A mí me mandaron bajar y al pasaje lo mandaron al autocar —dijo Fermín.

—No había pasaje —corrigió Amelia—. Había ochenta y siete personas esperando para hacer juntas el viaje que acababan de salvar. Cuando vieron el autocar, decidieron que aquello no era el 803 y se fueron a casa.

—Eso explica por qué no subieron —dijo Olalla—. No explica qué fue de los billetes.

Los pusieron sobre la mesa de diez en diez. Puri contaba; Amelia comprobaba los nombres de quienes aún conservaban el suyo; Casilda miraba anverso y reverso bajo la lámpara. Olalla iba girándolos para que todos quedaran con la fecha arriba.

Ninguno tenía el mordisco de la picadora. Ninguno llevaba contramarca del autocar, sello de devolución ni la raya transversal que se usaba para anular cartulinas. Los pasajeros que habían subido durante las noches anteriores los habían vuelto a guardar intactos porque Olalla se había negado a validarlos.

—Me pareció una cobardía útil —dijo Olalla.

—De momento solo podemos certificar la primera mitad —dijo Casilda.

Buscó después el registro de caja del 14 de noviembre. Anotaba ochenta y siete títulos emitidos. En el margen reservado a devoluciones había un cero. La hoja de anulaciones estaba en blanco y firmada al cierre. La del día 15 empezaba con la tarifa ordinaria, sin una nota que arrastrara aquellos números.

Puri pasó el dedo por las tres casillas.

—Cero usados, cero devueltos y cero anulados.

—Cero picados —corrigió Casilda—. Todavía no sabemos si «no picado» significa «no usado» para la condición diecisiete.

—En una costura, si no pasas la aguja, no está cosido.

—Y en una estación no decidimos por metáforas.

Fermín entró por fin en la oficina, leyó los tres ceros y volvió a salir para no romper la costumbre.

Olalla señaló la pantalla apagada de la ventanilla.

—La venta de la línea se cerró el día 15 de este mes. No podemos emitir ni uno nuevo.

—Eso ya está claro —dijo Casilda—. La pregunta es si estos necesitan ser nuevos.

Abrió el manual más grueso por el índice. El código CGT-17 no aparecía. En el segundo encontró «Condiciones generales de transporte» y una remisión a un suplemento de 1997. En el estante de suplementos estaban el 14, el 16 y el 18.

—Un papel mal guardado es un papel perdido —dijo Casilda.

—Lo dices desde 2006 —dijo Fermín desde la puerta.

—Porque desde 2006 seguís perdiéndolos.

Buscaron por turnos. Olalla vació el cajón de circulares antiguas. Amelia revisó las carpetas empezando por la última, como corregía exámenes. Puri leyó cada lomo en voz alta y apartó dos veces el mismo archivador porque no confiaba en la letra de Casilda. Fermín sostuvo la puerta y aseguró que aquello también contaba como ayudar.

A las siete y cuarto habían encontrado una multa por fumar de 1997, una reclamación por el volumen de la megafonía de Sotoclaro y el plano de una taquilla que nunca llegó a construirse. Del suplemento, nada.

Casilda volvió al parte de avería. El código CGT-17 estaba escrito con una tinta distinta a la del resto. Debajo, casi tapada por el sello, había una segunda referencia: «Copia adjunta a reclamaciones».

Fue al archivador que Puri había apartado dos veces. Entre la multa y la queja de Sotoclaro había doce páginas grapadas, con humedad en las esquinas. Casilda las llevó a la mesa, comprobó el encabezado y buscó el artículo 17.

Leyó una vez en silencio. Después colocó el suplemento junto a los billetes, apoyó el índice bajo la línea exacta y leyó para todos:

—«Los títulos expedidos para un servicio cancelado y sustituido por transporte por carretera conservarán su validez hasta su utilización, reembolso o anulación expresa». Ninguno se utilizó, ninguno se reembolsó y ninguno se anuló. Los sesenta y un billetes de 1998 siguen siendo válidos.