
Cada mañana, a las ocho, el señor Ferrer baja al portal y riega la maceta vacía que hay junto a los buzones. Lo hace con cuidado, en círculos, como si la tierra pudiera quejarse. En el edificio hacemos bromas: que si riega el recuerdo, que si el geranio es invisible.
El martes me lo crucé en la escalera con su regadera de plástico y por fin me atreví a preguntar. Me miró sin ofenderse. —No está vacía —dijo—. Está lenta.
El jueves se lo llevó una ambulancia. Su hija me pidió que le recogiera el correo, y yo, sin que nadie me lo pidiera, empecé a bajar a las ocho a regar la maceta. En círculos. Por si la tierra se queja.
Esta mañana había un brote. Dos hojas mínimas, dobladas como manos. Subí a preguntar por su padre y la hija me contestó que había muerto de madrugada. Volví al portal despacio, con miedo de que el brote ya no estuviera. Ahí seguía. Muy verde. Recién llegado de alguna parte.