
La galera, o camarón mantis, esconde bajo el cuerpo un par de mazas que dispara como un resorte cargado. El golpe arranca con una aceleración comparable a la de una bala de pistola, y todo ocurre en menos de tres milésimas de segundo.
Va tan rápido que el agua no tiene tiempo de apartarse: se forman burbujas de vacío que, al estallar, sueltan un fogonazo de calor y una segunda onda de choque. Por eso, aunque la maza no toque a la presa, el reventón basta para dejarla aturdida. Un solo ataque puede partir la concha de un cangrejo o el cristal de un acuario.
Y lo repite una y otra vez sin desgastar el mecanismo, gracias a una estructura elástica repartida por el caparazón. Un boxeador de menos de veinte centímetros que golpea dos veces con un solo puñetazo.