
En el parte de su autopsia, en 1821, Napoleón medía «cinco pies y dos pulgadas». El detalle que casi nadie tradujo bien: eran pies franceses, más largos que los ingleses. Convertido, salía alrededor de 1,69: la media —o algo por encima— de un francés de su tiempo.
El mito lo fabricaron, sobre todo, los caricaturistas británicos. James Gillray lo dibujó durante años como «Little Boney», un niño furioso con botas enormes, y aquella imagen cruzó Europa más rápido que sus ejércitos. Su propia escolta hizo el resto: los granaderos de la Guardia Imperial debían superar una estatura mínima y llevaban gorros de piel de casi medio metro. Rodeado de gigantes escogidos, cualquiera parece pequeño.
Dos siglos después seguimos llamando «complejo de Napoleón» a la necesidad de compensar una baja estatura. Es decir: bautizamos un complejo con el nombre de un hombre que medía lo normal. La propaganda, cuando funciona, no dura años. Dura siglos.