
Mi tío coleccionaba las últimas palabras de la gente. Las anotaba en fichas, por orden alfabético, en un viejo mueble de farmacia.
De niño me dejaba leerlas todas, menos las de un cajón, el único que cerraba con llave.
Cuando murió, lo abrí. Dentro había una sola ficha. Tenía mi nombre y una frase que yo todavía no he dicho.