
En las selvas de Sumatra y Borneo crece la rafflesia, la flor individual más grande del mundo: puede medir cerca de un metro de ancho y pesar varios kilos. Y no huele precisamente a jazmín, sino a carne en descomposición.
La peste no es un defecto, es el plan. Con ese olor imita a un animal muerto y engaña a las moscas, que acuden en masa creyendo que van a un festín y, de paso, la polinizan.
Lo más raro es que la planta casi no existe fuera de la flor. No tiene hojas, ni tallo, ni raíces a la vista: vive como parásito metida dentro de una liana, y solo asoma al mundo para florecer.
Una planta que se pasa la vida escondida dentro de otra y, cuando por fin sale, lo hace convertida en la flor más grande y más maloliente del planeta.