
Desde 2008, la ley suiza de protección animal exige que las especies sociables convivan al menos con un compañero de su especie. Una cobaya solitaria se considera, literalmente, un caso de maltrato: en libertad viven en grupos, se llaman entre ellas, se orientan por el olor y la voz de las demás. El silencio, para ellas, es una forma de castigo.
La norma creó un problema matemático: cuando una de las dos muere, la superviviente vuelve a quedarse sola, y comprar una cría condena al dueño a una cadena infinita de parejas. La solución llegó de una criadora del cantón de Zúrich: cobayas de alquiler. Un compañero veterano que acompaña a la viuda el tiempo que haga falta y después vuelve a casa.
Un país entero decidió que la soledad de un roedor era asunto de la ley. Cuesta no leerlo dos veces.