Curiosidad · Del catálogo de Margen
El cheque de viaje lo inventaron monjes con espada

Viajar a Tierra Santa en el siglo XII tenía un problema logístico: los caminos estaban llenos de salteadores y llevar el oro encima era pintarse una diana. La solución la ofreció una orden de monjes guerreros: los templarios.
Funcionaba así: depositabas tu dinero en una casa templaria — en París, en Londres — y te entregaban una carta con el importe anotado en clave. Al llegar a tu destino, presentabas el documento en otra casa de la orden y te devolvían su valor, descontados unos gastos. El dinero no viajaba contigo: viajaba el papel. Ocho siglos antes que el cheque de viaje, aquello era, a efectos prácticos, una red bancaria internacional con sucursales, comisiones y códigos contra el fraude.
Les fue tan bien que acabaron gestionando fortunas enteras: los reyes de Francia les confiaron el tesoro real, y el Temple de París funcionó como caja fuerte de la corona. Ese éxito fue, en parte, su final: en 1307 Felipe IV, ahogado por las deudas que tenía con ellos, arrestó a la orden entera un viernes 13 y se quedó con la caja.
La banca moderna tiene muchos padres. Pocos tan inesperados como unos monjes con voto de pobreza.