
El charrán ártico cría en el verano del norte y, cuando allí llega el frío, pone rumbo a la Antártida para pillar el verano del sur. Así encadena los dos veranos del planeta y ve más luz de día que ningún otro ser vivo.
No va en línea recta: sigue vientos y corrientes dibujando una gran ese sobre los océanos. Los seguimientos con geolocalizadores han medido viajes de ida y vuelta de unos 70.000 kilómetros al año, y algunos ejemplares superan los 90.000.
Como puede vivir treinta años, la cuenta total supera los dos millones de kilómetros: el equivalente a ir a la Luna y volver tres veces. Un pájaro de poco más de cien gramos que se pasa la vida, casi sin querer, escapando del invierno.